Nadie es más que uno mismo y sus circunstancias

No puedo contar con los dedos de mis manos las veces que en mi vida me he fallado a lo grande. Tampoco sé las veces que no he respondido a las expectativas de las personas que me rodeaban. De hecho, he de decir que he llegado hasta las entrañas del fracaso.

A mi manera he sido rebelde, con causa y sin ella, he cometido fallos perdonables y otros de esos que cuestan tiempo asimilar. He cambiado perdones por esperanzas de que lo hecho quedase en el olvido por la propia inercia que se produce al acumular recuerdos.

Me he metido en líos importantes sin necesidad, pero lo peor es que las peores consecuencias de estas complicaciones en las que me he sumergido las han pagado personas que me rodeaban y de las que acepté el ofrecimiento de que me hicieran de escudo.

He perdido el Norte más de una vez. También el Sur, el Este y el Oeste. He abierto las manos y he dejado que se cayera todo, que se precipitase a su suerte. Hablo de cosas importantes, de las que dejan cicatrices, de las que difícilmente se van y vuelven.

¿¡Para qué enmendar los errores!?

He tenido la posibilidad de que volviera lo que había perdido, pero, por orgullo, no he tenido la disposición de recuperarlo. Me he arañado y me he mordido, y ese es un dolor por el que debo cumplir condena, porque solo yo tengo la culpa. Por eso te digo que, habitualmente, nuestra ineptitud primero nos hace daño a nosotros mismos y, después, al resto..

Me faltarían carteles mentales si quisiera ordenar las veces que a lo largo de mi vida no he cumplido con mis expectativas. No sé cuántas veces he bebido de la botella de la derrota, esa que sabe como el peor de los jarabes que tomábamos cuando éramos aún unos críos. Bueno, los sabores para adultos tampoco mejoran demasiado.


Las decepciones siempre escuecen con la misma rabia, aunque hayas acumulado diferentes caleidoscopios para mirarlas


Entonces miro hacia adelante…

De vez en cuando, cuando me paro y miro hacia delante, soy consciente de que aún me quedan muchas decepciones que vivir. Lo que me soporta es que no todo es eso, es que hay mucho más.

Desde pequeños nos dan evaluaciones de nuestro trabajo, ansiosos de que aprendamos a compararnos con los demás y compitamos. Más tarde aprendes que comenzaste esta vida aprendiendo mal y que nadie es comparable con nadie. De hecho nadie es más que uno mismo ni más que sus circunstancias.

Entonces, entiendes que la mayoría de lo que te han contado también es decepcionantey comienzas a entender que, si no tienes más remedio que ser tú,  igual vale la pena poner algo de ilusión a la posibilidad de serlo. Aunque te llamen raro y diferente, aunque puedas decepcionar a aquellos que se han parado a pensar en cómo serías dentro de unos años.

Pero, a pesar de todo…

Cuando entendí esto, la dureza de mis decepciones aumentó varios grados, ya no podía culpar a nadie porque yo había elegido hacerme responsable. Cambié los paños calientes por intentar aprender todo lo posible de las derrotas.


Situé el centro de gravedad de mis emociones dentro de mí y, entonces, comencé a ser más estable emocionalmente


No sé qué pasará, porque en realidad no disponemos de futuro fuera de nuestras cabezas, pero hasta el momento creo que ha merecido la pena hacer ese ejercicio de honestidad.

Puedes pedir consejo a todas las personas que quieras, puedes informarte de si el camino tiene muchas subidas o bajadas o preguntarle al cielo para donde sopla el viento. Analiza las circunstancias, tus circunstancias, una por una y con calma, pero luego elige tú la dirección.

Así, cuando tengas que rendir victoria, derrota o un poco de las dos cosas,experimentarás toda su intensidad y nada de lo que has invertido habrá sido en balde.Nunca más será una decepción.

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