Hilos invisibles

La alegría siempre tiene prisa.

No le apetece esperar a que la pena se marche de puntillas sin hacer ruido y por la puerta de atrás. Entra ruidosa, sin disimulo, abriendo todas las ventanas por las que inevitablemente también se cuela la insoportable primavera.

Le gustaría que tuvieran más respeto. Que no llegaran de cualquier modo y sin avisar como si no pasase nada. ¡No os dejé entrar! Dice gritando, y también llama a la lluvia, para que le ayude a refugiarse en un abrazo.

Y son cosas que pasan a menudo, dice la gente, con la misma inocencia de quien intenta consolar a un moribundo con la certeza de que todos vamos a acabar igual.

Pero lo peor es que no haya ni rastro. Ni por dentro, ni por fuera. Su cuerpo vuelve a ser el mismo, absorbiendo la muerte como un aspirador ansioso que solo quiere vomitar vida. Sus dedos vuelven a enlazarse entre las rocas.

Y todo se mueve igual, y la garganta suelta carcajadas inevitablemente, y la melancolía deja paso de nuevo a esa primavera tan provocativa. Pero hay algo que ha cambiado: observa desde lejos, fascinada, como la vida sigue.

El limonero hace una segunda floración que parece decir en un susurro algo mordaz: «querida, si es que estamos aquí para la vida».

Y deja paso a la alegría. Que siempre tiene prisa.

Mientras… se siente como un árbol que ha ensanchado sus fronteras, arraigándose sin límites de esos que los humanos inventan para definir su mundo y así poder sentir que encajan en algún lado.

No encajaba porque eso suponía pertenecer a un cajón y siempre quiso huir de cajones y casillas… aunque estaba de nuevo en la casilla de salida: qué emoción, qué vértigo, que miedo.

¿De dónde soy? Se pregunta. La respuesta no está en ninguna parte pero algo dentro de su savia transformadora le dice que no es de ningún lugar y a la vez es de todos. Será por los infinitos lazos que le unen a personas formidables,  tejiendo desde ese  ovillo que sigue guiando en mitad del laberinto,  incansable al hilo de la vida.

Sin duda durante un tiempo no muy largo pero sí muy intenso ha sido de ese lugar desde el que se ve el mar, donde en otoño las viñas son de color ocre y hay una casa de la que nunca sale nadie y una curva donde siempre sopla el viento. En el aparcamiento gentes inquietas que revisan lo establecido y ponen un mundo patas arriba a ver si así se sacude un poco. Y una montaña de arena con dos niñas y algarrobos como cabañas… y los hilos que se guardan aquí es difícil que se rompan igual que no se olvida ese paseo hasta el columpio gigante… junto a él que solo les miraba sostener la ilusión…

Lo esencial es invisible a los ojos, decía el Principito, y siguen tejiendo todo lo invisible con sutiles hilos que casi ni se ven, solo se sienten.

Se cargan la mochila de nómadas. En ella no quieren guardar nada menos importante que calcetines manchados de barro, mapas en blanco, blocs llenos de palabras que no existen en ninguna lengua, un mucho de alegría, pocas certezas, agua para las heridas, voces para el aliento, casi todas las aventuras, un tarrito para las lágrimas (que luego puede ayudar al tema de las heridas) un espejo para no olvidarse de mirar en él aquello que se esconde tan auténtico detrás de tanta imagen…

Y no están en búsqueda, hay un sendero (tortuoso, hermoso, difícil, floreado, duro, polvoriento) por el que transitan desde hace tiempo… solo que ahora quieren detenerse en un lugar donde la realidad sea más acorde a sus pequeñas almas.

Y es que siempre pensaron que lo pequeño era una medida más cerca de las personas.

Pero dejan un poquito de ellos por aquí y por allá, sin ninguna intención más que la de descuartizarse para que los restos sean hilos invisibles con los que otros seguirán tejiendo todo aquello que no se ve… pero que huele tan bien.

Se llevan mucho de esas gentes que les van regalando pedazos para nutrir los sueños… y cuando apriete el hambre y el camino se estreche tanto que casi se vuelva oscuro e indescifrable, sacarán de la mochila unos trocitos y comerán durante mucho tiempo de esos alimentos que casi ni se ven… pero que saben tan bien.

Un pitido… una voz que grita ¡viajeros al tren!

Y se suben con sus agujas y sus hilos. Mientras se alejan de un hermoso paisaje no ven la próxima estación.

Será que lo esencial es invisible a los ojos.

Pati Blasco

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