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Cultivar la Presencia

7841090-templo-de-zen-budistaCuando contemplo una obra de Arte, lo que en realidad veo es un fragmento del alma de su autor. ¿Cómo sé que es Arte y no una expresión más del subconsciente? Porque, al estar realizada desde el Alma, al verla, oírla, tocarla, olerla o saborearla… despierta la conexión con mi propia alma.

Los seres humanos, limitados en su necesidad de expresión, necesitan manifestar los contenidos reprimidos y almacenados en el subconsciente. Es lícito tener el anhelo de expresar lo reprimido. Se trata de ese mismo deseo que nos hace buscar la libertad y la felicidad.

Sin embargo, esa expresión del subconsciente no es Arte. Puede llamársele de cualquier otro modo, menos Arte. El Arte ha de llevar implícito el que una parte de uno mismo, un fragmento del Ser, un pedazo del Alma, quede impregnada en la obra. Y para ello, hay que disponer de un Amor infinito. Pues, sin Amor no existe la entrega que, a fin de cuentas, es lo que convierte una obra en Arte.

¿Qué es lo que hace un practicante de meditación cuando se sienta en quietud con los párpados semi-cerrados y rodeado de una suave penumbra? ¿Tratar de aquietar la mente? ¿Observa las sensaciones físicas? ¿La respiración, tal vez? ¿Purifica la mente?…

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Nada de todo esto importa. Se practica la quietud contemplativa para conectar con el Alma, y así, cultivar la presencia. Una vez establecidos en nuestro centro, procederemos a observar el movimiento de los contenidos de la consciencia, sin olvidarnos de nosotros mismos.

En el centro del huracán hay silencio, paz, Amor… Pero, ese centro, para existir, ¡precisa del huracán! En todo caos siempre hay un orden, y viceversa. Por ello, generar presencia y establecerse en la consciencia que uno es, ha sido y será, es el sentido último y oculto de la meditación.

Ser. Esto es lo único que importa, porque a raíz de la presencia, deviene el resto de la creación. Cualquier creación tiene el soporte del sí mismo. Sin ese soporte, no es posible crear nada. Y, lo que viene a suceder es que nos perdemos en las creaciones y proyecciones de nuestra mente.

Al olvidarnos de nuestra auténtica naturaleza, olvidamos que ya somos esa Luz. Y, al volcarnos hacia el exterior para buscarnos, nos convertimos en protagonistas de la mayor tragicomedia jamás escrita.

Si se observa con el suficiente detenimiento, veremos que todo esto carece de sentido; pero así es como ocurre. Así pues, lo único que es posible percibir es el sin-sentido que nos rodea y del que, en alguna ocasión, nos vemos impelidos a participar.

A través de la conexión con la consciencia que la meditación proporciona, es posible tornarnos conscientes de nuestro propio sin-sentido y, en un acto de lucidez, convertirlo en locura consciente. Hago. Sé que hago. Conozco al que hace. Y, no me identifico con mi obra. Tan sólo sucede a través de mi.

Construir la vida desde la consciencia es darse permiso para expresar el Ser sin los obstáculos generados por los condicionamientos adquiridos a lo largo de la existencia.

Cuando se comprende el valor de la presencia y su cultivo a través de la meditación, es cuando se incorpora a todos los actos de la existencia. No importa lo que haces, sino cómo lo haces. Ese “cómo” es: consciente de ti.

Entonces, uno se da cuenta cómo la meditación es el instrumento idóneo que permite realizar de la vida una obra de Arte, cuya materia prima es tu presencia, tu Alma.

 Que el Silencio Interior, la Paz y el Amor colmen tu Corazón.  

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